Claudio Chapochnikoff: "Dejé mi inocencia y mi infancia en Malvinas".
El veterano de guerra Claudio Chapochnikoff visitó el Instituto Séneca para compartir un crudo testimonio que rompe con el relato oficial del heroísmo de bronce. En una charla profunda, relató cómo pasó de los potreros de Derqui a manipular explosivos sin instrucción previa, enfrentando no solo el asedio inglés sino también el maltrato y los castigos de sus propios superiores. Entre recuerdos del "silbido" de las bombas y el dolor de un regreso marcado por el silencio obligatorio de la dictadura, Chapochnikoff reflexionó sobre la pérdida de la inocencia y la necesidad de sostener la soberanía a través de la paz y la memoria activa.
Por: Lucas Gabriel Arias
Claudio tenía 19 años cuando cambió la pelota de fútbol de su barrio en Derqui por tachos de cinco kilos de explosivos. Integrante de la Compañía de Ingenieros de Combate, hoy se sienta frente a una clase del Instituto Séneca no para hablar de heroísmo de bronce, sino para relatar la cruda realidad de un pibe que aprendió a minar campos bajo el fuego enemigo y el maltrato de sus propios superiores.
Sus días antes del 12 de abril de 1982 transcurrían entre la escuela, colgar la mochila e irse a jugar al club. La partida hacia las islas fue un desgarro marcado por la ausencia. Su padre trabajaba en las areneras de Puerto Madero y no pudo estar presente para la despedida. Esa madurez forzada lo llevó a un terreno donde la instrucción técnica fue nula: lo que hicieron en Malvinas lo aprendieron bajo fuego. Junto a 120 compañeros, construyó posiciones defensivas en pozos de zorro de apenas un metro de profundidad, constantemente inundados por la humedad de la turba.
Sin embargo, el peligro no solo venía de los Harrier ingleses. Claudio es tajante al denunciar el maltrato de sus propios superiores, quienes llegaban a llamar a los soldados "la lacra de la sociedad". El veterano relató cómo fue golpeado y castigado en una trinchera llena de agua por no encontrar estacas para los campos minados en un suelo donde no crecen árboles, y recordó con crudeza a sus compañeros estaqueados de pies y manos por orden de los jefes argentinos. Para él, el sonido de la guerra se resume en la paradoja del silbido: “si lo escuchabas, era porque la bomba ya había pasado y te habías salvado”. Esa rutina del miedo llegó a su punto crítico el 14 de junio, cuando el repliegue hacia Puerto Argentino se convirtió en una carrera desesperada entre explosiones que caían a sus espaldas.
El regreso no fue más fácil. Al volver, la dictadura aplicó el "operativo silencio", encerrándolos 15 días en Campo de Mayo para intentar borrar los rastros físicos y psicológicos del conflicto antes de devolverlos a la sociedad. Bajo la orden de no hablar de lo sucedido, los veteranos enfrentaron años de desmalvinización y abandono estatal que llevaron a muchos al suicidio. Para el veterano, el proceso de sanación comenzó recién en los años 90, cuando los excombatientes se agruparon para contar su verdad en las escuelas. Hoy, con una hija profesora de Historia que hizo su tesis sobre el tema, Claudio asegura que en las islas dejó la inocencia de un pibe de 18 años, pero trajo consigo el compromiso de crear conciencia. Su mensaje final es una advertencia contra los conflictos actuales: “no vinimos a este mundo a morir en una guerra, y el camino para recuperar lo nuestro debe ser siempre La Paz”.
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