Del fervor a la caída: el principio del fin del régimen militar

 Por: Tiziano Lamilla

Tras la derrota en la Guerra de Malvinas, la última dictadura cívico-militar en Argentina comenzó a desmoronarse. Entre el dolor, la bronca y el despertar social, se gestó el camino hacia la recuperación democrática.

Junio de 1982. El frío no daba tregua, pero no era solo el invierno lo que calaba hondo en las calles argentinas. La noticia de la derrota en Malvinas había dejado un vacío difícil de explicar. Durante semanas, la euforia nacionalista había cubierto todo: banderas en los balcones, radios encendidas, una ilusión colectiva sostenida por discursos oficiales. Pero el final llegó abrupto, y con él, la caída de una mentira.

En ese silencio que siguió a la rendición, algo empezó a cambiar.

Fue como despertar de golpe”, recuerda Roberto, vecino de Plottier hoy de 72 años. “Nos dimos cuenta de que nos habían mentido. Y si nos habían mentido con la guerra, ¿con qué más nos mintieron?”. La pregunta comenzó a circular en voz baja, primero en las casas, después en los trabajos y finalmente en la calle.

El gobierno encabezado por Leopoldo Galtieri había intentado recuperar legitimidad con la guerra. Pero el efecto fue el contrario: la derrota dejó expuesta la fragilidad del régimen. Lo que durante años se sostuvo con represión y censura, empezó a romperse frente a una sociedad que ya no estaba dispuesta a callar.

En ciudades del interior, como Neuquén, el clima también cambió. Si bien la represión había sido menos visible que en los grandes centros urbanos, el control era constante, cotidiano, casi invisible para quienes no lo vivían de cerca.

Juan Carlos Arregui vecino de Zapala lo recuerda con claridad:

“Viajaba todos los días en colectivo porque trabajaba en Plaza Huincul y nos paraban todos los días, nos hacían bajar del colectivo todos formados y tenías que mostrar el documento, el que no lo tenía se lo llevaban. Vi a muchos chicos jóvenes que se los llevaron y no aparecieron nunca más”.

Su testimonio no es aislado. Es parte de una memoria colectiva que comenzó a tomar fuerza justamente en ese momento: cuando el miedo empezó a ceder y las historias comenzaron a salir a la luz.

Mientras tanto, en Buenos Aires, las primeras manifestaciones públicas empezaban a multiplicarse. Las Madres de Plaza de Mayo, que durante años habían marchado casi en soledad, comenzaron a ser acompañadas por más gente. Sus pañuelos blancos, antes símbolo de resistencia silenciosa, se transformaron en bandera de un reclamo que ya no podía ser ignorado.

El impacto de la guerra también se sintió en los cuarteles. Las Fuerzas Armadas, hasta entonces cohesionadas en el poder, comenzaron a mostrar fisuras internas. La figura de Galtieri se volvió insostenible y, en cuestión de semanas, fue desplazado. La dictadura entraba así en una etapa de desgaste acelerado.

A la crisis política se sumaba una situación económica cada vez más difícil: inflación en aumento, endeudamiento externo y caída del poder adquisitivo. La vida cotidiana se volvía más dura, y eso también alimentaba el descontento.

Enrique vecino de Plottier, lo describe así:

“Ya no alcanzaba la plata, pero tampoco alcanzaba el silencio. La gente empezó a hablar más en el trabajo, en la fila del banco, en el colectivo. Era como si de a poco perdiéramos el miedo”.

Ese cambio, lento pero constante, fue clave. No hubo un solo día en que todo terminara, sino un proceso en el que la dictadura fue perdiendo control, legitimidad y apoyo social.

Tras la caída de Galtieri, asumió Reynaldo Bignone, con la difícil tarea de administrar una salida que ya parecía inevitable. Su gobierno intentó ordenar la transición, pero también buscó garantizar cierta impunidad para los responsables de las violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, el clima social ya era otro. Los organismos de derechos humanos, los partidos políticos y amplios sectores de la sociedad presionaban por elecciones libres y por el fin definitivo del régimen.

Para 1983, la convocatoria a elecciones marcó el cierre de un ciclo oscuro. La victoria de Raúl Alfonsín no solo significó un cambio de gobierno, sino el inicio de una nueva etapa basada en la democracia, la memoria y la búsqueda de justicia.

Pero todo había empezado un año antes, en ese invierno de 1982. En el momento que la derrota en Malvinas dejo al descubierto la verdad. En ese instante en qué el miedo, por primera vez en mucho tiempo, empezó a resquebrajarse.

Porque el principio del fin no fue un hecho aislado, sino una suma de voces que se animaron a habla, de miradas que dejaron de bajar la cabeza y de historias que encontraron, finalmente, un lugar donde ser contadas.


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