Malvinas: Sobrevivir a la guerra y al silencio
escrito por Alejandro Sinquigrani
Claudio ChapoChnikoff Un excombatiente de Malvinas. que integró una compañía de ingenieros del Ejército reconstruye su experiencia en la guerra de 1982: la falta de preparación, los bombardeos, los maltratos internos, el cautiverio y las secuelas psicológicas que marcaron su vida durante décadas.
El 2 de abril de 1982 la
recuperación de las Islas Malvinas desató una ola de apoyo popular en la
Argentina. En plena dictadura militar, el anuncio fue presentado como una
reivindicación histórica. Diez días después, el 12 de abril, una compañía de
ingenieros del Ejército partió hacia el archipiélago. Entre sus integrantes
había jóvenes de 18 y 19 años sin preparación específica para enfrentar una
guerra convencional.
Uno de esos soldados
relató cómo vivió el conflicto desde el frente y cómo atravesó los años posteriores.
La unidad, compuesta por alrededor de 120 hombres —incluido personal de
vialidad con maquinaria pesada— tenía la misión de construir defensas: abrir
caminos, cavar trincheras y montar campos minados, la primera línea ante un
eventual desembarco británico.
“La instrucción que
teníamos no era para una guerra contra una potencia”, recordó. En los meses
previos habían sido entrenados para tareas de control interno bajo la doctrina
de seguridad nacional. No habían tenido práctica de combate real. Muchas de las
tareas técnicas que realizaron en Malvinas las aprendieron en el terreno, en
condiciones extremas.
Las trincheras se cavaban
en suelo de turba, con filtraciones constantes de agua y temperaturas bajas.
Los campos minados exigían precisión: se colocaban estacas e hilos para marcar
la ubicación de cada explosivo y dejar referencias para su eventual
desactivación. El trabajo era intenso y permanente.
El 1 de mayo comenzaron
los bombardeos. Las explosiones se volvieron cada vez más frecuentes a medida
que avanzaba el conflicto. El 14 de junio, día de la rendición argentina, la
compañía quedó prácticamente en primera línea tras el repliegue de otras
unidades. En medio de un ataque intenso, un grupo reducido se refugió en una
vivienda hasta que cesó el fuego. Luego fueron tomados prisioneros.
Según el testimonio,
permanecieron aproximadamente una semana a la intemperie, soportando frío y
escasez de alimentos. Más tarde fueron trasladados al continente en el
rompehielos ARA Almirante Irízar, donde pudieron bañarse y alimentarse
adecuadamente tras más de 70 días en el frente.
El excombatiente también
denunció maltratos por parte de superiores argentinos. Describió castigos
físicos y prácticas como el “estaqueamiento”, que consistía en atar a soldados
al suelo durante horas, expuestos al frío. En una ocasión, afirmó haber sido
golpeado y obligado a permanecer en una trinchera inundada. “Combatíamos contra
el enemigo y también contra nuestros propios jefes”, sostuvo.
El regreso no significó el
final del sufrimiento. Tras arribar a Campo de Mayo, los soldados permanecieron
aislados y recibieron la orden de no hablar sobre lo ocurrido. Ese silencio se
extendió en los años posteriores, en un clima social que evitaba abordar el
conflicto. La falta de contención psicológica y de políticas de reinserción
laboral profundizó las dificultades.
Recién a fines de los años
80 comenzaron a formarse centros de veteranos que brindaron espacios de
acompañamiento y memoria. Sin embargo, las secuelas emocionales persistieron:
ansiedad, insomnio y recuerdos recurrentes que se intensifican cada año en
torno al 2 de abril.
A más de cuatro décadas
del conflicto, el exsoldado reconoce la legitimidad del reclamo de soberanía,
pero cuestiona la guerra como mecanismo de resolución. Su relato pone el foco
en la dimensión humana del conflicto: jóvenes sin preparación adecuada,
expuestos a condiciones extremas y atravesados por un silencio posterior que
dejó heridas tan profundas como las del propio frente de batalla.
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