Silvia Barrera: "Solo falta dar un paso al frente cuando se los necesite"









Asi lo expresó  la instrumentadora quirúrgica que participó en la Guerra de Malvinas quién brindó una charla a los estudiantes de la carrera de Instrumentación Quirúrgica del Instituto Séneca.

Por Ursula Guzmán



La participación de las mujeres instrumentadoras quirúrgicas en la Guerra de Malvinas empezó a visibilizarse recién muchos años después. Durante mucho tiempo, se reconocía al médico y a la enfermera, pero la instrumentadora, que es fundamental dentro del equipo quirúrgico, quedaba en segundo plano y casi anónima. Esta desigualdad en el reconocimiento muestra también cómo, a lo largo de la historia argentina, el rol de muchas mujeres fue invisibilizado.

Por eso, varias de ellas decidieron empezar a acompañar a veteranos y dar charlas en escuelas e instituciones, para contar su experiencia y darle valor a su profesión. “Éramos una sola mano”, dijo una de ellas, mostrando lo importante que era el trabajo en equipo y cómo cada rol era indispensable.

En 1982, estas mujeres fueron trasladadas en helicóptero al buque ARA Almirante Irízar, que había sido adaptado como hospital de guerra. Tenía tres quirófanos, terapia intensiva, laboratorio, rayos X y espacio para 250 pacientes. Pero en los momentos más duros llegaron a atender hasta 320 heridos, así que tuvieron que usar pasillos y cualquier lugar disponible.

Los heridos llegaban en helicóptero durante el día, porque de noche no se podía volar. El 9 de junio llegaron a Puerto Argentino, y entre el 11 y el 13, cuando los combates fueron más fuertes, empezaron a recibir heridos directamente desde el frente. Cuando llegaban muchos juntos, los desvestían y los lavaban rápido, incluso sin anestesia, para poder ver bien las heridas. Ahí aplicaban el triage, que es un sistema para ordenar a los pacientes según la gravedad, usando tarjetas de colores para no repetir tratamientos.

Las condiciones eran muy difíciles. Las explosiones rompían las piedras y eso provocaba heridas contaminadas con metralla, tierra, pasto y restos de ropa. La mayoría eran lesiones en brazos y piernas, que requerían muchas limpiezas, curaciones constantes y dejar las heridas abiertas para evitar infecciones. También hubo varios casos en los ojos por objetos que entraban con las explosiones.

El equipamiento era básico. Esterilizaban con una estufa y un autoclave chico, y tenían que cuidar mucho los instrumentos porque se podían perder con el movimiento del barco. Aun así, lograron usar tratamientos avanzados como la cámara hiperbárica.

Además de lo físico, el impacto emocional fue muy fuerte. Los camilleros eran chicos muy jóvenes, de unos 18 años, sin preparación, y muchos quedaron con secuelas psicológicas. Las instrumentadoras, aunque eran civiles, recibieron un rango militar equivalente a teniente primero y trabajaron dentro de la estructura de la Armada.

También hubo momentos de ayuda entre bandos. En una ocasión, los británicos pidieron sangre y plasma, y desde el Irízar se los enviaron en helicóptero.

El reconocimiento a estas mujeres no solo llegó tarde, sino que fue difícil de conseguir. Durante años, su historia quedó afuera del relato oficial. Recién gracias al trabajo de periodistas que empezaron a investigar y difundir sus testimonios, su rol empezó a hacerse conocido. Esa visibilización no fue casual: fue el resultado de insistir, de contar, de poner en palabras lo que durante mucho tiempo no se quiso ver.

Aunque desde 1983 comenzaron a ser nombradas, no fue hasta 2012 que se logró un reconocimiento conjunto de las 13 instrumentadoras que participaron en el conflicto. A partir de ahí, su historia empezó a circular más y a ocupar el lugar que siempre debió tener. Hoy existen incluso colegios que llevan el nombre “Heroínas de Malvinas”, como forma de memoria y reconocimiento.

Porque reconocer también es eso: dar el lugar que corresponde, escuchar las historias que faltaban y, como plantea Silvia Barrera, animarse a dar un paso al frente cuando haga falta.


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